Indagando en la esencia reflejada cual espejo roto
Puedo (...) miento no puedo. Me carcome cual polilla a árbol enfermo, y taladra como grito en mis oídos la presencia enigmática, no sé porque existo o donde estoy varada, no sé quien soy ni a donde me dirijo, realmente no sé nada acerca de mí. Me acerco al espejo, ¿Quién es?, se observan ojeras detalladas con líneas grises de oscuros matices que forman caminos hasta el lagrimal, unas cuantas lagañas tratan de sostenerse a las capas rojas enraizadas en el ojo sin embargo una mano desconocida ha subido y talla uno de los ojos haciendo que una demacrada lagaña caiga hasta el suelo. Ahí están unos pies, puedo ver sus venas inflamadas y pequeños fragmentos cual ventanas que forma en su andar la piel, traspaso el cristal y lo toco. Tiene la piel escamada y dos huesos salidos en cada pie. Me duele tocarlos y sentirlos enfermos, me duele porque el espejo dice que esa soy yo. Mírale está a punto de llorar. Subo las manos poco a poco entre unas piernas delgadas y pálidas, están rasposas, en la pierna izquierda hay una cicatriz de 15 cm la cual permanece desde hace 7 años cuando entusiasmada trepe una malla, nunca se borrara de mi piel el agradable recuerdo de mi infancia. Miro cada uno de mis dedos deslizarse entre líneas de movimiento sobre mis piernas, caminos brillosos color piel, las pruebo con mi lengua, se como se ven, como se sienten pero ¿A qué saben mis piernas?, saben a dolor y huelen a miel. Por detrás de las rodillas hay un puente débil de dos huesos delgados, no estoy muy segura, están tan delgados que quizás sean venas. Asciendo entre olor a miel en las montañas ásperas rodeadas de mi esencia, encuentro una flor invertida y cerrada, las piernas se han cruzado temerosas, esconden aquello que toda señorita debe guardar, al fin algo que me enorgullece de mí. Puedo sentir débiles curvas cerrándose mientras la flor se aleja de mi vista y poco a poco en el horizonte aparece un diminuto lunar en el abdomen a mano derecha del ombligo, ¿Por qué mi abdomen no es plano?, demonios, corro por la cinta de medir y la sobrepongo en la cintura, 65 cm (pobre niña agobiada por los estándares de belleza). Detrás de mí hay dos presencias pequeñas e inocentes, son mis gatos que se han limitado a cruzar las patitas mientras entrecierran los ojos en busca de una caricia, no puedo prestarles atención ahora estoy demasiado triste sintiendo mi físico mientras al fondo del marco de mi habitación suena música deprimente que se esparce entre ropa suspendida en el aire y mi piel desnuda. Esto no puede ser bueno, no puede ser bueno ser un humano solitario por decisión propia. Prosigo y hay dos montañas blancas cual leche pues no han sufrido los estragos del Sol, se sienten blandas pero consistentes. Aún no lo puedo creer, realmente no sé cuanto tiempo lleven arraigadas en mi piel las montañas femeninas del augurio de una mujer. Más arriba se encuentra la clavícula sobresaliente del alma, aquella delgada ave que vuela al centro de mi pecho en espera de que algún mozo la vea y quede enamorado de su extraña rareza. Sin embargo no será está vez, porque un vecino enojado desde la ventana izquierda le grita que se oculte porque no se quiere enamorar de nuevo de algún hombre, pues el corazón se me ha cansado de tanta decepción. No puedo continuar ascendiendo a mi cuerpo porque la garganta me duele y no quiero sentirme más enfermiza tentando mi puente. No quiero observar de nuevo la cara demacrada, las pecas, las pequeñas arrugas que se empiezan a formar en mi piel, ha sido suficiente dolor por hoy. Esos grandes ojos son demasiado profundos y penetrantes, por la noche son negros cual funeral y de día tan cafés como la tierra seca y áspera. Sólo un reflejo, una lágrima más realmente no importa en el inmenso mar.
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