Visita al psiquiátrico

Hace ya tiempo que voy al psicólogo, y hace ya más de un año que voy al psiquiatra. Los motivos los explicaré quizá en otra entrada.
La razón, que ahora me lleva a escribir, es una de las cosas que pueden llegar a ocurrir sin que alguna vez se nos hayan cruzado por la cabeza o siquiera imagináramos fuesen posibles. 
Una de mis habituales tardes en las que visito el Centro de Salud Mental, se convirtió en una ventana a otro tipo de mundo ubicado dentro de la realidad, ya que, así sean sólo las fantasías de alguien, lo cierto es que ocurren todos los días y con mayor frecuencia de lo que pensamos en ello. Eran alrededor de las 6pm, bajé del camión y crucé el puente para llegar al hospital, puente que más de una vez pensé en saltar durante mis visitas anteriores. Me registré de manera habitual y sonreí al encargado, lo segundo no era habitual, ese día estaba de buen humor y me sentía con esperanzas quizá porque hacía un día soleado y con poco viento, el amarillo del paisaje me gustaba. Entré y rápido tramité lo que tenia que hacer para que me dieran mi medicamento, ya que se me había terminado y sólo iba a por él. Pasé al área de urgencias, puesto que mi psiquiatra ahí se encontraba. Una sala pequeña, pintada toda de blanco, ni una sola persona aparte de mí y ni un sólo ruido que recordará que dentro de los consultorios había gente. Me senté al lado de la puerta abierta perteneciente a la sala de camillas. Recuerdo haber sacado el libro de psicología que leía en ese momento, un libro amarillento de segunda mano. Me quedé absorta tratando de entender la explicación química sobre algunos trastornos emocionales, súbitamente sentí que algo no estaba bien, la atmósfera tranquila de la sala había cambiado por completo, me sentí tensa, como si estuviera en peligro, volteé a mi derecha. Unas uñas largas y rojas se agarraban del cerco de la puerta abierta mientras una cabeza se asomaba, miré de abajo hacía arriba; tennis, pans y playera rojos, hombre con sobrepeso, pelo largo de color castaño, barba, ¡uñas rojas! (otra vez). ¡Pero que vergas!. Ese hombre tenía la mirada de un desquiciado, y lo cierto es que lo estaba, me sonreía con la boca pero sus ojos no se arrugaron, señal corporal contradictoria, no sonreí, sólo me limité a hacerme hacia atrás en mi asiento. Miré alrededor y no había nadie, sentí un miedo que nunca había experimentado, era incómodo, extraño. Realmente no sabía que esperar del enfermo mental, quizá se había escapado del internamiento y era peligroso, quizá sólo iba a sentarse a mi lado y a platicar como antes ya me había ocurrido con otros pacientes, o quizá iba a golpearme. Nunca puedes saber en una situación así. Para fortuna mía él pasó de largo, seguía con la misma sonrisa y las mismas expresiones faciales, ahora no sé si le llegó a tomar importancia a mi presencia, no pareció importarle cuando hizo lo que hizo. Caminó a mano derecha (suya y mía), la puerta del consultorio estaba cerrada, se giró para quedar frente a la puerta, tres o cinco segundos pasaron mientras se acercaba muy lentamente a la puerta con la cabeza hacia enfrente y el cuerpo un tanto inclinado, seguro que estaba escuchando lo que dentro se decía y le apeteció interrumpir o contradecir a uno de los interlocutores porque abrió la puerta para decir:

 - No, eso no es cierto, yo no lo golpeé y lo que hice en el baño no significa que yo sea gay, no tienen porque internarme, ya no volveré a asesinar a nadie. Sí, bueno, si yo hago esas cosas es porque tengo mucho odio dentro de mi corazón.

Él seguía alegando, pero no pude prestar más atención porque salieron del consultorio el psiquiatra y la enfermera tratando de tranquilizar al hombre, la enfermera se percató de mi presencia y se dirigió hacia mí cubriendo el alcance visual, me dio mi receta y dijo: - No te entretengo más, será mejor que te vayas. 

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